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El 14 de marzo, a las 8 a.m., nos reunimos a las afueras de Ambrosía Centro Culinario, para tomar dos autobuses que nos llevarían a la fábrica de cerámica de El Ánfora en Pachuca, Hidalgo. El día era soleado y con buen clima y llegamos con bien sin percance alguno. Una vez allá, nos sorprendieron con un rico desayuno, que constaba de una manzana, una chapata de jamón con queso, papas fritas y palomitas, claro, sin faltar las bebidas.  

 

Después de que desayunamos (barriguita llena, corazón contento), a los 90 integrantes de ACC, nos estaban esperando con una gran sonrisa en el área de fabricación; nos dividieron en grupos, no sin antes explicarnos que recorreríamos las diferentes etapas de producción.

 

Comentaron  que cinco alemanes fundaron la empresa en la Ciudad de México, con la intención de fabricar productos de alta calidad. En 1995 la fábrica se mudó a la Ciudad de Pachuca, Hidalgo, en un terreno de 75,000 m2. Y en la Ciudad de México queda únicamente la tienda ubicada en la colonia Doctores.

 

Nuestro guía nos condujo al departamento que dirige y nos explicó que ahí se diseñan las botellas, que se hacen a la medida según el gusto y preferencias del comprador. Una buena medida de estas botellas serán el recipiente de tequilas y mezcales. Hay alfareros puliendo y refinando las matrices que servirán para la producción. Estos recipientes especiales se elaboran mediante la técnica de vaciado y en tornos. 

 

Posteriormente bajamos a ver la imponente revolvedora con capacidad de 10 toneladas donde se prepara la “pasta” para mezclarla con agua y darle el punto requerido para elaborar las piezas. Esta pasta tiene una consistencia como de plastilina cuando está fresca y dura cuando seca. 

 

Pasamos a ver los tornos donde dan forma a esa pasta que, pasa del torno a manos de quien elimina el exceso de pasta con una especie de pelapapas. Ahí mismo revisa que la pieza tenga la forma precisa sin faltantes. Si esto no sucede, la pasta regresa a un gran contenedor, para regresar a la máquina que la amasa nuevamente para darle forma cilíndrica y se corte después para que tenga la medida exacta necesaria para entrar al torno.

 

Uno de los aspectos que más llamó nuestra atención es el hecho de que una parte considerable del proceso sigue siendo manual. 

 

A continuación, pasamos a ver el proceso de vaciado, la pasta se vierte en moldes donde las piezas permanecen varias horas para sacarlas, refinarlas e introducirlas en esmalte, revisarlas, secarlas y mandarlas al horno como sucede con las piezas salidas del torno.

 

Llegamos a la zona de hornos en el que se cuecen las piezas a 1,200 °C. Muy impresionante ver y sentir el calor emitido por el horno. Los hornos están ajustados para decorar en alta temperatura, proceso conocido como in glaze.

 

Pudimos observar a un grupo de mujeres que llevan chalecos verdes dedicadas a lijar, en este caso, tazas para eliminar toda rebaba existente. Llamó nuestra atención el hecho de que el chaleco verde identifica a las trabajadoras “amas de casa”, mujeres que trabajan en El Ánfora cuatro horas lo que les permite llevar y recoger a sus hijos de la escuela y al mismo tiempo llevar dinero a casa. 

 

En este momento, nuestro guía nos comentó que la fábrica de cerámica es una empresa incluyente donde laboran personas con algún tipo de discapacidad como la chica sordomuda que pinta a mano la vajilla nombrada “Puebla”. Ella utiliza un plato giratorio que le permite dar vuelta a la pieza mientras la pinta. Nos impresionó muchísimo la seguridad de sus trazos, hizo una especie de grecas en la orilla del plato y prosiguió a pintar el pájaro central sin el menor asomo de duda. Nos comentaron que pinta alrededor de 700 piezas por turno. 

 

Había otro grupo de mujeres aplicando calcomanías en salseras y tazas. Los diseños son los de las vajillas más clásicas, de esas que nos recuerdan las casas de nuestros abuelos.

 

Llegamos a la zona donde se almacenan las piezas terminadas para finalmente empacar el producto para enviarlo al cliente. En esta zona nos llamó la atención un chico ciego que se encargaba de empacar los productos. 

 

Nos comentó  que sus productos son de porcelana vidriada, por lo cual no tienen absorción  de agua y de bacterias además de su alta resistencia al impacto y que pueden fabricar platos con logos desde 600 piezas.   La producción anual supera los 75 millones de piezas. 

 

Después de haber visto de primera mano el proceso total de elaboración de esta cerámica, entendemos por qué son tan especiales y costosas. 

 

Terminada la visita nos llevaron a una terraza, donde el Chef Aquiles Chávez, con su acostumbrada simpatía, nos explicó qué comeríamos. Nos sirvió una comida muy hidalguense:

 Entrada: Tecocos de frijol, tlacoyos de alberjón, itacates de requesón de cabra

Sopa: Tacita de consomé de barbacoa

Plato fuerte: Barbacoa de costilla de res, mixiote de conejo de Tulancingo, ximbo de pollo,  cueritos y nopales

Postre: Maíces mexicanos que consistía de un tamal de huitlacoche, espuma de pinole y helado de palomitas.

 

Agua fresca: Agua de tuna y lavanda

La experiencia cerró así con broche de oro. 

Sin duda, una experiencia que recordaremos durante mucho tiempo y que será tema de conversación frecuente.

Gracias Ambrosía, fue un día realmente especial.

Chef Beatriz Compean y Chef Guadalupe García de León del Paso

 

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